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lunes, 20 de mayo de 2013

La Cascada del Purgatorio, el bosque de Finlandia... y algo más


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Primer sábado de mayo y hay que aprovechar ese buen tiempo primaveral, que hasta ahora no hemos podido disfrutar. La mejoría del tiempo habrá provocado que el deshielo inunde de agua los ríos y arroyos de la sierra, así que decidimos visitar la Cascada del Purgatorio, que debe estar ya en todo su esplendor.
Para alcanzar la cascada hay que acercarse hasta el Monasterio de El Paular, al que se llega saliendo de Madrid por la N-I hasta el kilómetro 69 y, desde ahí, coger la M-604 hasta Rascafría, localidad que atravesaremos en dirección al puerto de Cotos, para encontrarnos, a poca distancia del pueblo con el Monasterio de El Paular, en cuyo aparcamiento dejaremos el coche.

Nada más llegar, lo que nos llamó la atención fue la gran cantidad de gente que había por allí, algunos “endomingados” que obviamente iban a dar algún paseo corto por los alrededores del monasterio pero había muchos más, cuyo atuendo no dejaba lugar a dudas de que iban a hacer una excursión por la montaña; además se veía que la mayor parte de ellos tomaban la dirección que íbamos a tomar nosotros, con lo cual la ruta iba a estar bastante concurrida.


Una vez abandonado el aparcamiento, hay que cruzar la carretera para llegar al Puente del Perdón y atravesarlo. El nombre de este puente que cruza el Lozoya parece ser que proviene de que los condenados por la justicia debían atravesarlo antes de llegar al lugar donde debía cumplirse la sentencia y el mencionado puente era el último lugar en que el reo podía recibir noticia de la conmutación de la pena que le hubiera sido impuesta por otra más suave.

El puente es bastante amplio y lleva hacia una carretera asfaltada aunque con el tráfico muy restringido, aunque no cerrada completamente a la circulación de vehículos a motor; por dicha carretera alcanzamos la zona de recreo de Las Presillas, bastante concurrida en verano por su pradera y su zona de baño pero hoy desierta y es que, aunque el tiempo es muy bueno, aún el sol no calienta con toda su fuerza y el agua de la sierra está muy fría.

Desde ahí el camino deja de estar asfaltado y se convierte en una pista de tierra, bastante ancha y transitada, además de por el gran número de excursionistas que vamos en la misma dirección, por gran cantidad de vacas que vagan por la zona sin prestarnos mucha atención, esto puede deberse, además de a la costumbre de ver a la gente ir y venir por el camino, al hecho de que no tienen terneros, así que no están preocupadas por su descendencia.
Un poco más allá de Las Presillas, nos encontramos con una modesta, aunque fotogénica cascada, en la que nos detuvimos para hacer unas cuantas fotos; desde este punto, el camino asciende de forma suave pero ininterrumpida durante un buen trecho, primero por el camino que va en dirección
al puerto de la Morcuera, que es el que estamos siguiendo y luego, tomando el desvío a la izquierda que nos llevará a la Cascada del Purgatorio; a partir de este punto, la rampa se acentúa y el camino se estrecha pero, para compensar, las vistas mejoran de forma
espectacular; casi desde el comienzo del desvío podemos ver el Monasterio del Paular, Rascafría, Oteruelo, Alameda del Valle, Pinilla del Valle y el embalse Pinilla, es decir, todos los lugares por lo que hemos ido pasando antes con el coche. Aprovechamos la ocasión para hacer una parada y sacar nuestro termo de colacao, aunque este vez no hubo filloas, en fin, otra vez será...
Después de nuestro hoy frugal desayuno, seguimos ascendiendo un poco más para empezar a
continuación a descender de forma pronunciada hasta una pequeña explanada cruzada por el arroyo Aguilón, lugar en el que se congregaba bastante gente y unas cuantas vacas que deambulaban por allí despreocupadamente. A partir de aquí, en algunos puntos, llegaba incluso a ser necesario detenerse para esperar a que pasaran los que lleváramos delante o a cruzarnos con los que ya descendían, la estrechez del camino y la concurrencia de personas provocaban, este fenómeno al que no estamos muy acostumbrados, ya que hasta ahora en nuestras excursiones lo normal era ir solos o cruzarnos con muy poca gente.
El camino vuelve a ascender de forma continua aunque muy suavemente, con lo que no es muy trabajoso caminar por aquí, aunque tardamos bastante por la mencionada concurrencia de excursionistas y también porque nos paramos bastante a menudo a hacer fotos, porque el río y su entorno se lo merecían.


Llegamos a un recodo del río y un repecho en el camino y allí está: la Cascada del Purgatorio... y una multitud que abarrotaba el mirador, la falda de la montaña y se encaramaba hasta por los sitios más inverosímiles. Nosotros no
íbamos a ser menos y, tras unas fotos en el mirador, trepamos por unos riscos hasta llegar lo más alto que pudimos para disfrutar de la vista y comer al solecillo porque sombra por allí no hay, salvo al otro lado del valle y no se puede cruzar.


Al cabo de un rato emprendimos el camino de  regreso, de nuevo en “romería” y parando bastantes veces para hacer fotos porque pocas veces tendremos ocasión de ver el río con tanta agua; según avance la primavera y empiece a hacer calor y las lluvias vayan espaciándose, el cauce irá empobreciéndose hasta la mínima expresión.

Después de deshacer el camino casi por completo llegamos de nuevo al Puente del Perdón y, antes de poner de nuevo rumbo a Rascafría a buscar un café, fuimos a ver el Bosque de Finlandia, aunque lo suyo sería haberlo visto en otoño o invierno pero, ya que estábamos allí, no lo íbamos a obviar, además siempre podemos volver en otra época del año. Justo antes de entrar en el Puente del Perdón según volvemos desde Las Presillas, a nuestra derecha se abre un paseo arbolado, guardado por una verja que se puede franquear sin problemas, aunque lo más normal es que esté abierta, y que da paso a un amplio paseo flanqueado por grandes árboles; al cabo de unos 100 metros, veremos a nuestra izquierda un desvío que conduce a un pequeño puente sobre un cauce seco y cuyo acceso está obstaculizado por un  monolito; si nos fijamos, veremos que los árboles son distintos de los el resto del recinto y también de los del resto de la sierra: grandes y oscuras coníferas confieren al lugar un aspecto
diferente; cruzamos el puente y dejamos a nuestra izquierda una caseta cuya puerta se encuentra tapiada, frente a nosotros un embarcadero y un lago rodeado de grandes árboles; la caseta encierra un curioso secreto, se trata de una sauna que se estuvo usando hasta hace unos años y hoy día está abandonada aunque por fuera se le hace mantenimiento para que siga dando ambiente nórdico a ese cachito de bosque.


Volvimos al aparcamiento para salir con destino a Rascafría a tomarnos nuestro café vespertino y
dar una vuelta por el pueblo; el paseo no estuvo nada mal dado que el pueblo es muy bonito y cuenta con varios comercios bastante interesantes... especialmente uno de chocolate artesano casi a la salida.
Como aún quedaba tiempo, decidimos rematar la excursión buscando otras cascadas situadas en un área de recreo conocida con el nombre de “La Isla”, para ello salimos de Rascafría por la M-604 con dirección hacia el Puerto de Cotos; sin embargo, antes de llegar vimos un desvío a la derecha con una indicación de que conducía al Monumento al Guarda Forestal; así que tomamos el desvío y dejamos aparcado allí el coche para dirigirnos a pie hasta la cima, aunque podíamos haber ido en coche; al cabo de un rato,
tras una ascensión no muy trabajosa y bastante agradable entre grandes pinos y vigilados por unas cuantas vacas, llegamos a la cima en una zona despejada con un pequeño aparcamiento y en uno de sus extremos una pequeña caseta de madera para uso de los guardas; justo detrás de ella arranca un camino que, entre unos árboles aún pequeños, nos lleva hasta otra explanada donde se encuentra el monolito que homenajea a los guardas forestales. Las vistas son impresionantes, podemos ver la imponente mole de Peñalara y todo el valle del Lozoya rebosando color y vida. En uno de los extremos de la explanada hay una plataforma circular con forma de reloj donde están puestos los nombres de todos los lugares que nos rodean, tiene una flecha, apuntando la cual hacia el lugar
deseado, podemos averiguar su nombre.

Hicimos allí unas cuantas fotos más y dimos por terminada la excursión, así que descendimos camino del coche y, pocos minutos después estábamos rodando hacia Madrid satisfechos y con más de 200 fotos en la cámara.


Hasta la próxima.

































Ver La Cascada del Purgatorio, el Bosque de Finlandia y el monumento al Guarda Forestal en un mapa más grande

miércoles, 15 de mayo de 2013

¿ALGUIEN SABE DÓNDE EMPIEZA EL ACUEDUCTO DE SEGOVIA?


Ver mapa más grande Seguro que muy pocas personas se han hecho esa pregunta. Todo el mundo conoce el Acueducto, aunque sea simplemente por haberlo visto en fotos, muchos habrán recorrido la ciudad que atraviesa... y sin embargo muy poca gente sabe decir dónde está el punto de inicio de dicha obra y menos aún son los que siquiera se habrán planteado dicha cuestión. Para despejar dicha cuestión salimos de Madrid un sábado gris de febrero por la A6 y, pasado el túnel de Guadarrama, cogimos la primera salida, la de San Rafael y, desde allí tomar la N-603 que lleva hasta Segovia aunque nosotros no llegaremos hasta allí; como 15 kilómetros antes avistaremos a nuestra derecha, en un fuerte recodo con pendiente y rampa, el muro de la presa de Revenga; coronada la rampa, veremos el desvío a dicha presa, que tomaremos para dejar el coche un poco más adelante, junto a una casa abandonada y medio en ruinas.
Comenzaremos a caminar por el camino asfaltado hacia la cola del pantano, haciendo un desvío para acercarnos al muro de la presa y poder contemplar y fotografiar el agua caer resbalando al rebosar por el muro, dado que esta presa carece de compuertas y la única manera de aliviar su contenido es por rebosamiento cuando se supera el nivel máximo; ojo los ís de invierno que el paso suele estar helado con el consiguiente peligro de acabar aterrizando; en este caso mereció la pena por poder ver el contraste entre el agua que se precipitaba con furia al fondo del valle y la calma de la embalsada, gris, misteriosa, con la insegura silueta de la Mujer Muerta al fondo entre brumas. Retomamos el camino y, poco después, en un recodo, nos encontramos con un vestigio de la Guerra Civil, un búnker perteneciente a las posiciones del Ejército Nacional que guardaba el paso hacia Segovia y La Granja; el Ejército Popular, por su parte, ocupaba las alturas, desde las que se descolgó en 1937 arrollándolo todo a su paso con intención de conquistar Segovia, siendo detenidos cerca de La Granja, tras lo que tuvieron que volver al punto de partida. Fue la primera ofensiva del Ejército Popular que, aunque no acabó con éxito, al menos les sirvió de prueba, dado que era de reciente creación. Como curiosidad, hay que decir que Ernest Hemingway sitúa en este episodio bélico la acción de Por Quién Doblan las Campanas.

Llegamos por fin a la cola del pantano y allí se nos planteó una duda porque había un plano del acueducto y una indicación, muy monas ambas pero, aunque el plano estaba muy claro, la indicación no tanto porque carece de flecha; ahora ya sabemos que hay que ir en la dirección que señala el canalillo del indicador que imita al acueducto, en fin, muy moderno, muy fashion... lo que querais, pero donde esté el poste con flecha de toda la vida o la marca de pintura, que se quiten esas moderneces. En parte por la confusión del indicador y en parte por buscar buenas fotos, decidimos ir por la orilla del río, parando bastante a menudo a fotografiar las caprichosas formas heladas de los carámbanos que colgaban de los árboles y rocas y lamían las aguas del río Frío, que bajaba furioso hacia el embalse. Después de un trecho más o menos transitable, se hizo bastante difícil caminar junto al río por lo que decidimos subir al camino, que serpenteaba un poco más arriba, no sin antes hacer uso de nuestro maravilloso termo de colacao para entrar en calor acompañándolo con unas filloas requisadas, como siempre, de la cocina de casa. El frío era bastante intenso y el colacao calentito nos supo a gloria... y las filloas también. 
 Iniciamos un trecho bastante llano por un sendero angosto y a veces encharcado hasta una pequeña explanada donde un árbol derribado obstaculizaba en parte el paso y nos sirvió para pararnos un momento a hacer unas cuantas fotos... y un poco el ganso. A partir de ahí, a la izquierda se ve una señal que nos indica que debemos seguir por un repecho, empinado aunque bastante corto que nos llevó hasta la cacera de Revenga: el desvío del cauce del Acueducto que se usaba para llevar agua al pueblo que da nombre a la cacera; ésta se encuentra bastante necesitada de una limpieza para poder ver mejor cómo fue en origen. Un poco más arriba encontramos la cacera “oficial”, la que discurre hasta la ciudad de Segovia; está protegida en todo su recorrido por una bóveda, que no estaba en origen, cuando el agua discurría a cielo abierto pero, en épocas posteriores se introdujo esta mejora para evitar la caída de animales y objetos que pudieran contaminar el agua. Llegados a este punto tenemos dos opciones, la primera es empezar a caminar hacia nuestra izquierda con ánimo de llegar a Segovia, total, son 13 kilómetros de nada y otros 15 de vuelta hasta el coche, una fruslería. La otra opción es seguir la cacera hacia la derecha para llegar al punto donde se produce la captación de agua para el Acueducto, el azud; ésta fue la opción elegida, así que nos pusimos a caminar por encima de la cacera adentrándonos en el valle, que se iba estrechando poco a poco.


 Al cabo de un rato, no muy largo llegamos a un punto en el que el río hace un recodo a la derecha y ahí una extraña construcción aparece ante nosotros, es una especie de alberca rectangular con algo parecido a un laberinto en el interior, una de las salidas conecta directamente con la cacera, otra con el río, aunque una compuerta impide el paso del agua y una tercera permite que el exceso de agua vuelva al río. Estamos en el azud, el punto donde se captaba el agua para llevarla a Segovia; la extraña construcción no es sino un decantador, cuya misión era que todas las arenas y otros objetos queden atrapados en sus rincones; se encuentra dividido en dos partes divididas por una compuerta para poder limpiar una de ellas mientras la otra permanece operativa; en la parte más cercana al río, un canal permitía aliviar el caudal en épocas de exceso. La instalación acaba en una reja que la separa de la cacera y que actúa como último filtro antes de discurrir rumbo a Segovia. La zona es bastante umbría, cubierta por un espeso pinar y, además, hay que contar conque el día es muy oscuro y está empezando a nevar aunque no de forma copiosa, lo que hacía muy difícil hacer fotos, aunque, para ser sinceros, lo estrecho del valle y lo cerrado del bosque harían difícil la labor fotográfica en cualquier momento del año. Un poco más arriba nos encontramos con un hito que debió servir para marcar el límite de los pastos, en él se puede ver la siguiente inscripción que literalmente decía“ Bedado Cabeza Gato Santillana“ para indicar que se accedía a una zona acotada; era lo que los lugareños conocían como un rancho, que contaba con un refugio para los rebaños, las ruinas del cual se sitúan en las inmediaciones pero apartado del río, razón por la cual no llegamos a verlo dado que nosotros seguimos un trecho río arriba hasta cruzarnos con el camino de Valsaín, cubierto por una fina capa de nieve, lugar en el que, tras hacer unas cuantas fotos, iniciamos el camino de regreso durante el que sólo nos detuvimos de nuevo en el azud aprovechando que, por unos breves instantes, las nubes dieron paso a la luz del sol. 


Desde allí emprendimos rápidamente el camino de vuelta al punto de partida para coger el coche y dirigirnos al palacio de Riofrío donde nos tomamos un café calentito, que nos supo a gloria después del intenso frío que pasamos tanto en el camino de ida como de vuelta y paseamos por los alrededores intentando ver algún gamo aunque sin éxito ya que debían estar todos en algún lugar bastante menos inhóspito que esa heladora llanura. Al cabo de un rato emprendimos el regreso, pasando junto a los restos de una fallida aventura empresarial, que fue el Panorámico de Segovia, una idea innovadora que acabó mal; os dejo a continuación unos enlaces donde se describe la instalación y su historia: http://esperandoaltren.blogspot.com.es/2009/05/el-panoramico-de-segovia.html y http://esperandoaltren.blogspot.com.es/2009/06/el-panoramico-de-segovia-2-parte.html.Hasta la próxima.














Ver El comienzo del acueducto en un mapa más grande

domingo, 24 de marzo de 2013

Por los abismos del Jarama. En busca de las rocas peludas


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Día lluvioso y desapacible, cielo plomizo y tristón cuando nos encaminábamos de nuevo hacia Guadalajara, otra vez a Tamajón pero esta vez para hacer una ruta tampoco muy conocida y que nos iba a llevar por el curso del Jarama abajo hasta donde el tiempo (cronológico y climatológico) nos permita.
Salimos de Madrid por la A-2 hasta Guadalajara, donde tomamos la CM101 hasta Humanes donde tomamos la CM1004 hasta Tamajón, donde paramos a tomar un café calentito antes de emprender nuestra excursión; tomado eñl café desandamos parte del camino hasta coger la GU188 que nos llevó hasta Retiendas. El pueblo es la mínima expresión de un núcleo habitado así como un claro ejemplo de los pueblos negros de Guadalajara, así llamados porque en su construcción primó la pizarra negra. Lo atravesamos y seguimos la carretera hasta llegar a una curva justo antes de un puente, que cruza un riachuelo para seguir hacia el pantano de El Vado. En dicha curva hay dos cainos cerrados con unas cadenas, allí dejamos el coche y tomamos el camino descendente. la tierra es roja, arcillosa y brilla por la lluvia que ha estado cayendo con insistencia estos días pero ahora parece que se ha dado una tregua aunque el cielo sigue muy encapotado y la humedad se mete hasta los huesos. 
A la entrada del camino un cartel advierte del estado ruinoso de nuestro primer objetivo del día: el monasterio de Bonaval, un cenobio cisterciense abandonado en 1821 durante el trienio liberal y que lleva casi dos siglos muriéndose poco a poco.

Al cabo de unos dos kilómetros y, tras un recodo, hay un desvío a la derecha, tomado el cual podemos contemplar los restos, espectaculares apesar de todo, del viejo monasterio. Una valla lo rodea para impedir el acceso pero está perforada y derribada en algunos sitios, lo que nos permite acercarnos para hacer algunas fotos.
El monasterio no debió tener nunca mucha actividad ni ser demasiado importante; su función primordial fue actuar a modo de residencia de ancianos para los monjes de la orden, que eran conducidos ahí a descansar de su más o menos ajetreada vida y a prepararse a bien morir en un entorno que da nombre al monasterio: Bonaval, el buen valle.
Aún en ruinas,el recinto tiene algo de acogedor y cálido, quizá por su breve tamaño o por estar en un claro del espeso robledal que lo rodea y junto a un cantarín arroyo que desagua un poco más adelante en el Jarama.

Estuvimos un buen rato rondando por las ruinas e incluso llegamos, como dije antes a traspasar la valla para poder hacer las fotos desde más cerca y ahí teneis el resultado; la verdad es que el día también contribuyó a darles un aire más misterioso e incluso siniestro.
Una vez terminada la sesión de fotos, desandamos parte del camino para volver al punto en que nos desviamos para dirigirnos a Bonaval y retomamos el camino que nos llevaría por el retorcido cañón que describe el Jarama en su curso hacia Madrid, tallado en la roca caliza con formas caprichosas y a veces fantasmagóricas.

El camino era en alguno de sus tramos bastante estrecho y estaba en algunos puntos obstaculizado por árboles caídos; en ocasiones colgaba del abismo,al fondo del cual se retorcía el Jarama; aquí y allá las rocas aparecían cubiertas por una gruesa capa de musgo que recordaba una mata de pelo, lo que llevó a bautizarlas como "rocas peludas".
Al cabo de una hora caminando decidimos hacer un alto junto al río para desayunar el contenido de nuestro fiel termo de colacao, acompañado esta vez de unas filloas "descuidadas" como siempre de la cocina la noche anterior. Se agradeció la bebida caliente ya que, aunque no hacía frío excesivo,la humedad era tremenda por estar tan cerca del río y porque la amenaza de lluvia era cada vez mayor y era cuestión de tiempo que nos pusiésemos como sopas.

Una vez repuestas las fuerzas, volvimos al camino, que iba ascendiendo lenta pero continuadamente por la parede del desfiladero hasta que el río quedó muy abajo y el terreno se abrió en una gran meseta desde la que se divisaba a nuestra derecha la carretera que conduce hasta el pantano de El Vado y una cascada lejana pero que llevaba mucha agua a juzgar por el sonido que llegaba hasta nosotros.

Atravesamos esta meseta y el terreno volvió a plegarse sobre sí mismo, si bien no tanto como antes; pasamos junto a olivares abandonados y campos de labor ya baldíos. Pasados éstos, nos encontramos con los restos de un puentecillo que permitía al sndero salvar el cauce de un seco torrente; tuvimos que dar un pequeño rodeoa para salvar el cauce y poder seguir. Un poco más adelante nos cruzamos con la carretera que lleva al pantano de El Vado, desde ese puntos e hace difícil seguir porque la maleza se espesa de tal manera que el camino por la margen izquierda del Jarama se hace imposible; ene se momento,la lluvia que, hasta ese momento se había contenido, comenzó a precipitarse sobre nosotros e hizo desaconsejable continuar con la  excursión, así que comimos deprisa y corriendo en un lugar junto al río y emprendimos el camino de vuelta a pasoligero para huir del aguacero. Llegamos al coche en tiempo record y nos pusimos en camino, primero a Tamajón para tomar un café calentito y luego a Madrid a tomarnos un choclate con churros en Bonilla a la Vista, visita por cirto altamente recomendable.

Hasta la próxima. 








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miércoles, 6 de marzo de 2013

Próxima Estación: Picadas

Primera excursión del año y, quizá por ello elegimos una ruta facilita; una vieja vía de ferrocarril abandonado... bueno, abandonado sin haber sido usado más que el día de la inauguración de uno de los tramos. a mediados de los años 20 se decidió comunicar la Sierra de Gredos con Madrid por medio de un ferrocarril; no era la primera vez que se hacía el intento pero, esta vez, la intención cristalizó en estudios y éstos en proyectos, que a su vez dieron lugar a presupuestos,licitaciones y,por fin, comienzo de las obras. Se trataba de un ferrocarril de vía estrecha que arrancaba en la estación de Villamanta, de la línea de Madrid a Almorox que, a su vez, arrancaba en la estación de Goya, esa desconocida del Monopoly. El caso es que desde Villamanta, el ferrocarril se dirigiría paralelo al Alberche hacia el Valle del Tiétar y, desde ahí hasta la Sierra de Gredos para acabar en Arenas de San Pedro.

Las obras empezaron a buen ritmo y, hacia 1933, estaba hecha prácticamente toda la explanación hasta Casavieja (Ávila) mientras que hasta San Martín de Valdeiglesias se había hecho también casi todas las obras de fábrica: puentes, túneles, viaductos, estaciones... hasta el punto de que se decidió inaugurarlo, a lo que contribuyó,parece ser, la insistencia de la madre de uno de los ingenieros, vecina de San Martín de Valdeiglesias; sea como fuere, se tendió vía entre Pelayos de la Presa y San Martín de Valdeiglesias, se trajo por carretera una locomotora y unos cuantos vagones y, llegado el día, se inauguró la flamante línea y se hizo rodar el tren inaugural con sus coches llenos a rebosar con las autoridades y fuerzas vivas de la comarca. Finalizados los fastos, locomotora y coches volvieron a su origen pero,como si de una maldición se tratara,las obras desde ese momento se ralentizaron hasta llegar a la paralización total, la crisis económica de los años 30 y luego la Guerra Civil truncaron la finalización de este ferrocarril.
Durante la guerra,las instalaciones e infraestructura sufrieron los estragos de la contienda,acabada la cual y, a la vista del estado lamentable de las carreteras y la necesidad de medios de alta capacidad, se decidió acometer la finalización de la línea; sin embargo, el estado ruinoso de la industria y el aislamiento internacional, hicieron que no se pudiera acopiar material suficiente para poner en servicio esta obra y sólo se pudieron reparar los desperfectos producto de los combates.
En los años cincuenta llegó la recuperación económica y se pensó que podría ser el momento de terminar por fin esta especie de Escorial ferroviario pero lo que llegó fue todo lo contrario: la recuperación económica trajo consigo el desarrollo de las carreteras y la renovación del parque automovilístico tanto de turismo como de vehículos industriales; el ferrocarril perdió pasajeros y mercancías a velocidades vertiginosas y no se juzgó oportuno continuar las obras que fueron liquidadas y abandonadas; incluso una persona quedó abandonada en las obras: uno de los guardas, el Sr Régulo,siguió recibiendo con puntualidad prusiana hasta el día de su jubilación su nómina mensual y él, digno heredero de los últimos de Filipinas, continuó con la labor encomendada a pesar de que no había esperanza alguna de reactivación. Aún en los años 70 cuando se construyó la línea a Móstoles, en los cartelones de las obras, se le nombraba como "ferrocarril del Tiétar", eso es moral y lo demás tonterías.
Y esa es la parte histórica de esta excursión, curiosa cuando menos ¿verdad? hoy día la plataforma de la vía se puede utilizar para recorrer algunos de los parajes más singulares del suroeste madrileño.

Lo que hicimos fue dejar el coche en un área de descanso junto al río y muy cerca de uno de los viaductos de la línea. Desde allí tenemos dos opciones; una de ellas era dirigirnos a Pelayos de la Presa y San Martín de Valdeiglesias para acabar en laestación de este último pueblo,loque nos daríala oportunidad de recorrer el tramo por el que discurrió el ferrocarril inaugural. La otra opción, que fue la elegida, era ir en dirección contraria y bordear el Alberche sobre la plataforma ferroviaria hasta llegar al muro del pantano de Picadas. Esta segunda opción era más llamativa desde el punto de vista del paisaje y nos iba a llevar por una amplia pista, prácticamente llana y salpicada de pequeños puentes y viaductos casi a flor de agua y que nos dan idea de la complicación de trazar un ferrocarril por esos parajes, y más en los años 20 y 30 del pasado siglo.

Comenzamos nuestra caminata con el agua remansada cubierta por jirones de niebla pegados a su superficie; el frío de la noche y el solque empezaba a calentar, si bien tímidamente, provocaban el curioso fenómeno. El cielo estaba completamente despejado y hacía frío a la sombra aunque al solo no se estaba nada mal; sólo se oía el viento y los pájaros, hasta que en un recodo pudimos oir el sonido inconfundible de una radio que, desde la otra orilla, nos "amenazaba" el paseo con mensajitos publicitarios y una tertulia política.
Tras quedar perfectamente informados, continuamos nuestro recorrido y, tras pasar varios pequeños puentes que salvan recodos del pantano, que en su día fueron parte del valle, hoy sumergido, llegamos a un gran viaducto que cruza en diagonal a la otra orilla del embalse y nos permite alcanzar una explanada artificial, hecha a base de volcar tierra y materiales sobre uno de los puentes y un recodo del pantano; había allí también un par de casas y un camino que, valle arriba debe comunicar con el pueblo de Navas del Rey, que no está muy lejos. Un poco más allá, una barrera levadiza impide el paso de vahíclos a la plataforma ferroviaria, que se encajjona en una trincera, al tiempo que un cartel nos advierte del peligro de desprendimientos; sin embargo hacemos caso omiso y nos internamos en la breve trinchera que ofrece una sorpresa al final: un corto túnel para vía única y carente de todo revestimiento. Por un momento pensamos en internarnos en él, no debe medir más de 50 metros, pero hay un camino alternativo, que es el que, al final, decidimos seguir por precuación ya que el túnel lleva cerca de 60 años abandonado.
Un poco más adelante aprovechamos un rinconcito a la orilla del pantano para sacar nuestro clásico termo de colacao para desayunar y entrar en calor porque, aunque luce el sol, no lo hace con mucha fuerza, no en vano estábamos a primeros de enero.
Desde ese punto el camino es siempre al sol; poco después nos tropezamos con otro caminante que nos dice que un poco más adelante ha visto águilas y, efectivamente, aparecen dor por allí, enormes, majestuosas y al alcance del zoom; nos tuvieron un buen rato ocupados.
Poco después llegamos ya a las cercanías del muro del pantano de Picadas, donde, junto a un viaducto se sitúa la estación de bombeo que inyecta agua al Canal de Isabel II en caso de necesidad.En un lateral de dichos edificios, y vallado como ellos, se encuentra otro túnel, éste revestido y, aparentemente más largo que el anterior ya que no se ve su salida, aunque puede que se deba a que se encuentra ocupado por una caseta prefabricada.
Nos acercamos al muro y, dejando el vaso del pantano a nuestra espalda, contemplamos el valle que se estrecha y retuerce a nuestros pies; al fondo,cerca del muro, se venlos restos de lo que debieron ser molinos de agua. Intentamos bajar para hacer las fotos desde más cerca pero no es posible; hay un momento en que una maravillosa verja nos impide el paso; así que volvemos sobre nuestros pasos y cruzamos el dique mirando a un lado y otro para contemplar la diferencia entre el valle inundado y su estado original.
Comimos en la otra orilla, en un sitio al solecillo aunque no por mucho rato pero si el suficiente para relajarnos un poco y tomar el resto del colacao antes de emprender el camino de vuelta.

El retorno fue muy agradable también con el sol de altardecer, aunque teníamos que darnos prisa porque la luz baja deprisa y a la sombra empieza a hacer frío; el agua estaba permanentemente en calma, casi como un espejo, acentuado este efecto por lo despejado del día, casi sin nubes y con casi ausencia total de viento. La condensación apenas había desaparecido y ya empezaba a reaparecer en algunos recovecos del embalse. El camino comenzaba a escarcharse en sus zonas más umbrías y contrasta con el pardo de la tierra y el azul del agua.
Al final llegamos al coche a tiempo de ver la luz del atardecer atravesar los ojos del viaducto junto al que habíamos dejado aparcado el coche, en el que nos alejamos del lugar camino de un café calentito. Hasta la próxima excursión.




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