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sábado, 27 de octubre de 2012

Las Médulas, 29 de septiembre de 2012


Último fin de semana de septiembre y emprendí el ya tradicional viaje al Bierzo, a San Miguel de las Dueñas, donde durante varios años he estado llevando a mis padres y una tía materna para comprar miel y otras viandas a las monjas del monasterio, entre las que se encuentran otra tía materna y una prima. Una vez expuesta esta cuando menos confusa relación familiar, diré que este año hubo cambios en la expedición, ya que mis padres no podían viajar esta vez así que en un principio íbamos a ir mi tía y yo, pero a última hora se nos unió una amiga mía que tenía ganas de conocer los confines del Reino de León.

Así que el sábado 29 de septiembre, recogí primero a mi tía en su casa y salimos a buscar a Balbina, Balby para los amigos, que así se llama esta amiga. El tiempo no auguraba nada bueno, llovía sin parar si bien no con mucha fuerza; aunque el día anterior me habían dicho que en San Miguel hacía sol, la perspectiva de pasar todo el fin de semana pasados por agua no es que me hiciera mucha ilusión, principalmente porque mi plan era ir a ver Las Médulas ese mismo día y podía convertirse en una aventura en el barro.

Y ahora surge la pregunta ¿Las Médulas? ¿y eso qué es? Se trata de una antigua mina de oro excavada en las montañas cercanas a Ponferrada. Cuando digo antigua me refiero a muy antigua, la explotación fue obra de los romanos que supieron enseguida del tesoro que escondían estas montañas y decidieron extraer hasta la última onza de sus entrañas, para ello concibieron un sistema que consistía ni más ni menos que en reventar las montañas por medio de agua que embalsaban en el punto más alto y dejaban caer dentro de las galerías previamente excavadas de forma que provocaban poco a poco el derrumbe de grandes porciones del monte, quedando luego la tarea de extraer el oro de entre el barro y retirar dicho barro, ya seco para que no estorbara las siguientes avenidas. El historiador romano Plinio, que fue durante un tiempo director de esta explotación, definió el sistema como “ruina montium”¸ el caso es que dicho sistema  alteró profundamente la fisionomía del lugar, que hoy podría recordar un paisaje lunar si no fuera porque la naturaleza ha ido cubriendo poco a poco las profundas cicatrices provocadas por la mano del hombre invadiendo el bosque bajo, los robles y los castaños toda la zona; también el hombre ha contribuido a la evolución de lo que fue originalmente la explotación minera, las pequeñas aldeas de Las Médulas y Carucedo junto con numerosos fincas de labor, han contribuido a hacer de Las Médulas ese lugar mágico pero a la vez muy real.

 

Llegamos a San Miguel de las Dueñas sobre el mediodía con la procesión a punto de empezar pues no en vano estábamos en las fiestas patronales y, la verdad es que el santo patrón se portó y no dejó que la lluvia desluciera su día: ni una nube en el cielo y un tiempo más de verano que de otoño, estaba claro que el veranillo de San Miguel no era ningún mito. Llegamos, decía al filo del mediodía y tras dejar a mi tía en el convento, nos marchamos a Las Médulas con idea de recorrer los puntos principales y comer por allí donde nos diera el hambre. Así que tras media horita de trayecto adicional llegamos al pueblo de Las Médulas, desde el que ya se ven algunas de las moles arcillosas de la antigua montaña que aún siguen en pie. Dejamos el coche en el aparcamiento que hay a la entrada de la aldea y la atravesamos para coger una de las rutas que recorren el lugar, en principio la más corta pero la que nos lleva a las dos cuevas más famosas de la antigua explotación: La Cuevona y La Encantada, se trata de los restos de dos galerías por las que debió salir el agua lanzada con toda su fuerza por el interior de la montaña hacia la zona de deyección donde se extenderían los terrones de arcilla, rocas y escoria que habría que revisar y lavar en busca del oro.

 

Hicimos un recorrido bastante llano en el que algunos robles pero sobre todo, castaños nos daban sombra y nos mostraban sus erizos, verdes aún pero de tamaño considerable; muchos de aquellos árboles estaban huecos por dentro, a pesar de lo cual seguían vivos y con frondosas ramas; por lo que pudimos saber después, los árboles que así estaban eran aquellos que habían sufrido los estragos de algún incendio forestal; el castaño es un árbol que arde deforma muy lenta porque conserva mucha humedad y eso le hace muy resistente a los incendios y por eso aunque quede casi reducido a cenizas, mientras conserve un mínimo de humedad, volverá a echar ramas y hojas y, pasado un tiempo , castañas.

Había bastante gente por algunos puntos aunque no llegaba a la procesión que solemos encontrarnos en algunos sitios. El caso es que, tras una no muy trabajosa subida, llegamos a La Cuevona, una hoquedad de unos quince metros de alto por unos 10 de ancho, en la que se reflejaban perfectamente las distintas fases de vaciado de la galería, hecho por medio de galerías más pequeñas, que iban uniendo hasta crear la grande. En este caso la cueva describía un giro a la izquierda en ascendente según veíamos desde la entrada, que no se podía franquear porque una valla y un cartel de advertencia nos avisaban del peligro; el terreno es arcilloso, lo que favorece los derrumbes en cualquier momento, además había estado lloviendo durante los días anteriores y no era cuestión de salir de allí con una fractura de cráneo… como poco. Tras unas cuantas fotos, nos dirigimos a La Encantada, la otra gran cueva  que se conserva en la mina; ésta tiene mucha menos pinta de galería que la otra, tiene una abertura en la parte superior y, la parte inferior tiene forma de cuenco, seguramente hecho por el agua al caer con violencia sobre aquel lugar.

Deshicimos el camino hasta La Cuevona para tomar el sendero que debía llevarnos de vuelta a la aldea de Las Medulas mientras hacíamos fotos de la ruta y charlábamos (yo poco para no perder la costumbre). Cuando estábamos más o menos a medio camino, nos encontramos con el camino que subía hasta el mirador de Orellán y decidimos tomarlo a ver si la vista era buena.

 

La subida es de unos 800 metros, no muy larga por tanto pero la rampa es bastante notable lo que hizo que la subida fuera lenta y trabajosa  aunque discurrió toda ella en medio de un umbrío bosque de castaños que apenas dejaba pasar los rayos de sol. Al final llegamos al mirador y la vista mereció la pena: a nuestros pies se veía toda la extensión de Las Médulas y más allá el lago de Carucedo y la Laguna Somida y al fondo, el comienzo del Macizo Galaico, la frontera entre León y Galicia, tan difícil de franquear aun no hace mucho, aquí y allá pequeñas aldeas: Las Médulas, Carucedo… Aún podríamos haber subido un poco más pero, lo fuerte de la subida hasta aquel punto junto con la temperatura, bastante elevada, nos hizo desistir, por lo que, tras un rato por allí y unas cuantas fotos más, emprendimos el descenso y la vuelta hasta Las Médulas.

 

Al regresar al coche, tomamos algo para comer y decidimos acercarnos al Lago Somido, un lago formado sobre uno de los canales en los que se lavaban los lodos de la mina para encontrar el oro. No se encontraba lejos de allí, así que tomamos de nuevo las mochilas y deshicimos parte del camino hasta llegar, frente a la iglesia, al desvío y caminamos durante un poco más de un kilómetro para llegar a la laguna. La vista desde el lago es bastante buena; en uno de los extremos del lago está el Mirador de Chao de Maseiros desde el cual el lago de Carucedo sigue viéndose desde lo alto, aunque ya no tanto, también se ve el pueblo de Lago de Carucedo así como el muro del embalse, mientras que las Médulas se ven en toda su extensión pero de abajo arriba ya que estamos más bajos que la mina, de ahí el nombre del lago: Somido, significa “hundido”. Tuvimos ocasión de ver alguna rana despistada en la orilla, lo que no vimos aunque parece ser que se trata de una plaga, son cangrejos; por lo que he podido averiguar, algunos listillos introdujeron de forma clandestina el cangrejo rojo, especie proveniente del sur de Estados Unidos y del Norte de México, con el resultado de que acabó con el cangrejo autóctono, bien porque lo devoraba, bien porque el cangrejo americano era portador de una enfermedad contra la que el cangrejo autóctono no era inmune; al parecer también son los responsables de la casi total extinción de los nenúfares blancos en el lago. Cuando estuvimos, aunque había llovido los días anteriores, el lago se encontraba bastante bajo, es más, antes de llegar hay dos lagunas más, la laguna Larga y la de Pinzais, que se encontraban completamente secas; al parecer, cuando tienen agua es un paraje de bastante belleza… habrá que volver para comprobarlo.

 

Con esto, dimos por concluida nuestra visita a Las Médulas y nos pusimos en marcha de vuelta a San Miguel de las Dueñas, sin embargo aún hicimos una escala, ya que pasamos muy cerca del lago de Carucedo y decidimos parar y acercarnos a verlo, para lo que tuvimos que caminar unos cuantos metros, no muchos, desde el coche hasta la orilla en medio de una vegetación bastante agreste pero mereció la pena, aunque sólo fuera por ver salir huyendo unos cormoranes, que se asustaron con nuestra llegada.

 

El lago se formó al cegar los romanos con los escombros de la mina el curso normal del río, pero, como todos los lagos de la zona, el lago de Carucedo encierra sus misterios y sus leyendas; una de ellas es la que nos relata que este lago se formó por la abundancia de lágrimas de la ondina Carissia, enamorada del general romano Tito, conquistador de El Bierzo. El año 19 antes de Cristo, Tito tomó Castrum Bérgidum.

 

Castrum Bérgidum, actualmente Castro Ventosa, se halla cerca de Cacabelos, en Fieros. Es un cerro que se divisa desde la carretera. Allí están las raíces históricas de El Bierzo. La raíz «berg» es de origen nórdico, posiblemente celta y significa altura.

Aquí establecieron sus tropas los romanos para vigilar la explotación de Las Médulas.

 

La ondina Carissia vivía en la mítica ciudad de Lucerna y se enamoró perdidamente del general romano, pero éste, dado que la ninfa era astur, raza y pueblo que los romanos consideraban inferior, la burló y la despreció. La ninfa sintió tal dolor que estuvo muchos años llorando y tantas lágrimas derramó que se fue formando el legendario lago que anegó la mítica ciudad de Lucerna.

 

Así se llenó la hoya con agua cristalina, donde el sol refleja sus rayos en una tonalidad azulada enmarcada entre las espadañas y las juncias.

 

Dice la leyenda que todos los años al amanecer del día de San Juan, cuando se abre el alba y el sol dora las aguas se vislumbra en el fondo del lago el reflejo de la ciudad de Lucerna.

 

En esa noche serena sale la ondina Carissia del lago de Carucedo a buscar un guapo mozo que la requiebre de amores. Pero, como es tan grande el lago, es difícil dar con ella. Alguna vez se ha encontrado en la mañana luminosa el peine de cuerno con alguna hebra de sol entre sus púas, que la ninfa se dejó olvidado en la orilla.

 

Siempre hay algún visitante del lago de Carucedo que románticamente se acerca a la orilla y da un beso a sus aguas, para que la dama del lago se lleve el testimonio afectivo del galán que siente la leyenda y alguno cree percibir en las aguas azuladas algo así como un perfume de rosas silvestres.

 

Pero no hay una única leyenda. Cuenta Gil y Carrasco, autor de El Señor de Bembibre, que el señor templario del castillo de Cornatel, que se encuentra por las inmediaciones, cazaba por los montes de Borrenes y se topó con una hermosísima pastora a la que poseyó por fuerza entre las encinas.

 

Un mozo de Carucedo enamorado de la pastora de Borrenes tomó venganza de la afrenta y esperó al templario en una de sus cacerías hundiéndole el cuchillo en el vientre. Por temor a las represalias se marchó a tierras de morería y al cabo de muchos años volvió de peregrino a Compostela e ingresó de monje en el monasterio próximo a Carucedo donde andando el tiempo fue nombrado abad.

 

Por las inmediaciones de aquellos lugares merodeaba una bruja que causaba muchos males a los habitantes y ganados de la zona; así que éstos acudieron al abad a pedirle que les librara de ella. El abad salió de noche para conjurar a la bruja y cuál no sería su sorpresa cuando se la encontró y reconoció en ella aquella bella moza de la que en su juventud estuvo enamorado.

 

De inmediato brotó entre ellos la pasión del amor perdido tantos años y fueron al pórtico de la cercana ermita, donde el abad olvidó sus votos de castidad con el agravante de estar además en un lugar sagrado.


En castigo, las torrenteras manaron agua acompañadas de un coro de rayos y truenos hasta inundar el valle y anegar la ermita, formando el lago de Carucedo, donde la noche de San Juan se puede oír el tañido de la campana de la ermita.

 

Como podéis ver, si nos acercamos al lago la noche de San Juan podemos pasar una noche bastante entretenida entre la ondina y la historia del abad.

 

Con ánimo de acercarnos al lago por otro lado, entramos en el pueblo de Lago de Carucedo, curioso nombre para un pueblo en el que llegar al lago es bastante difícil aunque al final lo conseguimos. Habíamos dejado el coche estacionado junto a la iglesia y aprovechamos para entrar en su recinto exterior, el interior estaba cerrado, y subirnos a la espadaña a ver las campanas de cerca.

 

Con eso ya dimos por terminada nuestra excursión y enfilamos hacia San Miguel, a donde llegamos un poco antes de la hora de cenar. La cena fue, como siempre, sabrosa y abundante. Terminada la cena, mis tías se quedaron charlando reja por medio pero nosotros, que estábamos bastante cansados después del “pateo medular” nos fuimos a dormir porque además, al día siguiente íbamos a madrugar para ir a ver amanecer des algún punto elevado del pueblo.

 

Habíamos quedado a las 7:30 de la mañana, por lo que, el despertador sonó un poco antes para dar tiempo a despabilarse, forrarse un poco y salir a buscar ese punto elevado desde el que ver la salida del sol. Hacía bastante frío, como corresponde a esa zona, cercana a las montañas y con varios ríos cerca, cuando salimos del convento. Nos dirigimos, en primer lugar, hacia la estación, pero nos dimos cuenta que allí iba a ser difícil ver nada porque un edificio que realmente no pintaba nada en San Miguel sino en un sitio más grande, nos bloqueaba la vista hacia el Este, así que decidimos acercarnos lo más posible a la autovía que pasa bastante elevada con respecto al pueblo; por fin encontramos un punto donde se veían los montes hacia el Este bastante despejados; llegamos con bastante adelanto porque de echo por el noroeste vimos ponerse la luna llena detrás de una montaña pero el sol se hizo esperar un rato, hasta pasadas las 8:30 de la mañana, no empezar a despuntar sus primeros rayos a lo lejos detrás de un bosque y no empezamos a sentir al menos un poco de calor, más psicológico que otra cosa porque aún estaba el sol muy oblicuo. Cuando el sol por fin “despegó” de la tierra, volvimos hacia el convento, donde despertamos a mi tía para ir a desayunar y donde entramos un poco en calor. El desayuno, copioso también y muy variado, fruta, queso, café, galletas, pastas… en fin lo necesario para reponerse de un buen rato al sereno como el que habíamos pasado.

 

Terminado el desayuno, fuimos hacia el cobertizo donde estaba el coche para prepararlo para la vuelta a Madrid y eso implicaba cargarlo y distribuir la carga bien por todo el coche para que cupiera todo y, aunque suene paradójico, quedara espacio para nosotros, cosa bastante difícil habida cuenta de la cantidad de cosas que llevábamos: la miel, patatas, tomates, lechugas…en fin, lo que suele dar una huerta. También llevamos unas pocas manzanas que recogimos de unos cuantos manzanos que hay rodeando las colmenas de las abejas.

 

Acabamos la tarea justo para la misa con la que se cerraban las fiestas patronales, tras la cual dimos un paseito y nos fuimos a comer.

 

A primera hora de la tarde, con el coche cargado hasta arriba salimos por el portón del cobertizo con destino a Madrid, donde llegamos a primera hora de la noche. Aconsejo visitar Las Médulas y su entorno, sobre todo a finales de septiembre o quizá a mediados de octubre cuando las hojas ya están a punto de caerse y la tierra ya ha recuperado parte de la humedad perdida en el verano.

 



 




























 

lunes, 30 de enero de 2012

El PINO DE LA CADENA

Después de unos meses de abandono, vuelvo a poneros una excursión en este blog, se trata de una ruta bastante sencilla, al alcance de prácticamente cualquiera que tenga unas zapatillas y ganas de darse un paseo por la sierra.

pero, antes de nada, esta ruta merece que conozcais los antecedentes y la razón de ir hasta donde vamos:
En el verano de 1924, el empresario Nicolás María Urgoiti estaba pasando unos días en la casa que tenía en el paraje de El Ventorrillo (Cercedilla), al lado del albergue del Club Alpino Español, cuando vinieron a avisarle de la muerte de su padre. Hombre metódico y de costumbres fijas, este señor tenía, entre otras, la de pasearse todas las mañanas por el camino de la pradera de las Cortes y la de descansar, en cierto punto del mismo, leyendo recostado en un pino concreto: el regsponsable del albergue sabía por tanto donde encontrarlo en función de la hora y allí se dirigió.
Curiosamente, aquel pino albar en que Urgoiti estaba apoyado la mañana de la triste noticia, acababa de ser señalado para el corte. Urgoiti, a pesar de su dolor, se dio cuenta de esa siniestra coincidencia: recibió la noticia de la muerte de su padre junto a un árbol destinado a morir, así que localizó al maderista, le compró el ejemplar y dispuso que se le ciñera la base del tronco con una gruesa cadena, a modo de esclava, de cuyos eslabones pendiera, mientras el árbol viviese, este emotivo epitafio: "A su querida memoria, 1840-1924", el indulto del árbol como homenaje a su padre.
El tiempo, como en todas partes, también ha corrido en El Ventorrillo. Ya no es aquel lugar remoto y medio salvaje al que los primeros esquiadores subían caminando desde la estación de Cercedilla por el atajo del Calvario. El refugio fue demolido tras la Guerra Civil. Residencias bancarias, bases de máquinas quitanieves y otros edificios salpican hoy esta cerrada curva de la carretera del puerto de Navacerrada. Nada ya recuerda a Urgoiti. Su casa pervive, escondida en el pinar, pero no luce ya el letrero Nicotoki (el lugar de Nico, en euskera). Sin embargo, no muy lejos, pegado al camino que baja a la pradera de las Cortes, el pino de la Cadena sigue saludando a los paseantes y espera a los guardas forestales que, cada cierto tiempo, abren el candado y lo pasan por el siguiente eslabón para evitar que el árbol se estrangule; sólo quedan tres eslabones y el árbol empieza a mostrar signos de vejez, es natural, tiene ya 175 años, pero ahí sigue como mudo homenaje de un hijo a su padre.
Para acercarse a este curioso árbol, hay dos caminos, uno es desde la curva de El Ventorrillo pero tiene el problema de que no hay espacio para dejar el coche cerca, salvo que lo dejemos en la subida al Pinar de la Barranca, al final del Camino Ortiz; sin embargo es el más corto y es todo cuesta abajo, así que si no disponemos de mucho tiempo, es la opción ideal.
Sin embargo, si disponemos de tiempo, tomaremos la carretera del Puerto de Navacerrada (M-601) hasta llegar al restaurante Fonda Real, que está a la  izquierda de la carretera; podemos dejar el coche junto al mencionado restaurante o a un lado de la carretera que nos conduce al pantano de Navalmedio, en esta carretera, junto a un paso canadiense, hay a la derecha un camino peatonal que tomaremos para adentrarnos en un denso pinar que nos conduce  camino de El Ventorrillo de forma muy poco trabajosa, alguna cuesta, alguna pendiente pero el camino es muy llevadero; llegamos a una zona despejada desde la que oteamos el pantano y las casitas que salpican la zona aquí y allá además de la mancha que conforma el pueblo de Navacerrada. Un poco más allá una cancela impide el paso pero se puede franquear sin ningún problema, no olvidéis dejarla cerrada como está.

Desde ahí comenzamos una bajada contínua hasta encontrar primero el camino que sube desde el pantano y luego el arroyo Navalmedio que cruza el camino e inunda el ambiente con el sonido de su gorgoteo; es un sitio bastante bueno para hacer un alto y reponer fuerzas porque, desde ahí, con alguna excepción, el camino ya no para de subir. Así que comenzamos la ascensión y dejamos primero atrás a unos caballos que están pastando indiferentes a la presencia humana. Al cabo de un trecho llegamos a la pradera de Las Cortes, donde nos saludan las ruinas de un campamento juvenil y poco después volvemos a encontrarnos con el arroyo Navalmedio, que deberemos volver a cruzar antes de enfilar la recta final de nuestro itinerario; aquí la subida es mucho más pronunciada; llegamos a una curva a la derecha con un desnivel bastante pronunciado pero, una vez pasada, allí está esperándonos el Pino de la Cadena. Aprovechamos para reponer fuerzas de nuevo y hacer unas cuantas fotos de nuestro ilustre anfitrión, tras lo cual podemos bajar directamente dejando el pino a nuestras espaldas hasta llegar de nuevo al arroyo Navalmedio y deshacer el camino andado. También se puede seguir subiendo hasta llegar a El Ventorrillo y, desde ahí coger el camino que está entre el garaje de las quitanieves y la caseta del antiguo ICONA y lleva directamente hasta el pantano de Navalmedio.

En fin, muy recomendable excursión, sobre todo, en estos días que, aunque fríos, el sol acompaña.



miércoles, 21 de septiembre de 2011

La peña del Arcipreste, Matalasfuentes y la Sevillana


 

El recorrido que hicimos el  17 de septiembre fue un recorrido con connotaciones histórico-literarias; recorrimos el puerto de Tablada, por donde el Arcipreste de Hita tuvo un no muy afortunado encuentro amoroso con una serrana de la zona, y luego recorrimos los restos de lo que fue el frente de la sierra durante la guerra civil.

Salimos de Tres Cantos a las ocho de la mañana y  tres cuartos de hora más tarde estábamos en el Alto del León; dejamos el coche en el aparcamiento junto al asador y bajamos por la carretera hasta encontrar a la izquierda un camino forestal que no tiene pérdida porque lo marca una enorme roca; desde ahí, tras cruzar un paso canadiense se inicia la ruta que va descendiendo suavemente; si no hay mucha gente y es temprano, es posible cruzarse con algún corzo despistado, como fue nuestro caso, que pudimos ver dos corriendo raudos por lo que pudiéramos hacerles.

A unos 200 metros del inicio del camino, nos encontramos un mojón de piedra que nos indica el desvío hacia la Peña del Arcipreste de Hita así como las distancia (800metros) y la declaración de Monumento Natural en el año 1930, con motivos del sexto centenario de la terminación del Libro de Buen Amor, hablar de publicación en aquella época es un poco prematuro. Desde el mojón hay que desviarse a la izquierda de la pista forestal y comenzar una subida algo más trabajosa, aunque siempre entre sombra, hasta llegar a una fuentecilla, no muy agraciada y que no siempre tiene agua, de hecho, la han bautizado como Fuente de Aldara, que era como se llamaba la aguerrida serrana que hizo probar sus encantos al Arcipreste de Hita. La ruta desde el mojón está muy bien señalizada ya sea por flechas grabadas en placas de piedra, ya sea por hitos formados por pequeños montones de piedras.

Desde la fuente de Aldara, el arbolado va desapareciendo hasta llegar al tramo final de esta primera etapa, que es la Peña del Arcipreste de Hita; siguiendo las flechas e hitos llegamos a unos peñascos en los que destacan, por un lado la inscripción en la que se reproduce el encuentro de Juan Ruiz con la serrana una lejana madrugada de 1629 y otra inscripción que conmemora el sexto centenario del Libro de Buen Amor; como curiosidad, decir que junto a esta última inscripción se encuentra un cofre que contiene varios ejemplares del Libro, que estuvimos hojeando un rato, antes de encaramarnos a las rocas para disfrutar del paisaje.

Abriendo el cofre del tesoro

Cerca La Tablada
La sierra pasada...

Álvaro junto a la cita del Libro de Buen Amor
desde dentro de un bunker
en Matalasfuentes

vista desde Matalasfuentes
A continuación reanudamos la marcha, tras cruzar una oxidada alambrada de espino, en dirección a un cerro aparentemente cercano, Matalasfuentes; se trata de la cumbre más alta de los alrededores y paso obligado en el camino a la Peñota; la subida no es muy trabajosa a pesar de que hay que subir bastante, pero el camino está muy señalizado y fuimos ascendiendo en sucesivos zig-zag hasta llegar a la cima del cerro, desde el que se contempla hacia norte una vista imponente de la garganta del río Moros, de los bosques cercanos a El Espinar y de la inmensa llanura hacia Segovia quedando la mole de La Peñota a nuestra derecha; si nos giramos podremos ver la carretera de La Coruña que serpentea a nuestro encuentro separándose de la autopista y encaramándose por la falda del Alto del León, varios pantanos, entre los que destaca el de Valmayor, también podemos ver las numerosas urbanizaciones y pueblos de la sierra madrileña, que se van sucediendo hasta llegar a las inmediaciones de Madrid, que se adivina hacia el sureste. Recorrimos la cima del cerro, visitando algunos restos de las fortificaciones que quedaron allí tras la Guerra Civil, algunas con vistas espectaculares sobre ambas vertientes de la sierra y alguna con signos, evidentes aún, de haber sufrido un impacto artillero.                                  

Al cabo de un rato decidimos iniciar el descenso desandando lo andado hasta la Peña del Arcipreste, donde, en lugar de seguir el camino de ida, continuamos por el sendero que desciende paralelo a la  alambrada que atraviesa una zona de monte bajo con pocas sombras, ya que parece que casi todos los árboles están en el lado izquierdo de la valla. Llegamos al final de la bajada y antes de empezar una pequeña subida que nos va llevar hasta La Sevillana, paramos a  reponer fuerzas, aunque la verdad es que no estamos muy cansados; los enormes pinos proporcionan mucha sombra y corre un vientecillo muy agradable mientras charlamos sentados en el techo de una de las primeras fortificaciones que nos encontraremos, un búnker colgado en un peñasco y rodeado de trincheras y pozos de tirador; a lo lejos podemos ver el cerro Matalasfuentes, la verdad es que hemos caminado bastante más de lo que creemos porque el cerro aparece bastante lejano.
Matalasfuentes desde la base de La Sevillana

Reemprendemos el camino siguiendo la línea de trincheras hasta llegar a la cima de La Sevillana donde nos espera un bunker muy bien camuflado con piedras, con una curiosa entrada en descenso, y un bunker de modelo más acorde con las películas bélicas al uso; subidos a su techo pudimos observar una magnífica vista, más a ras de suelo de toda la zona que vimos antes desde Matalasfuentes.



Bunker camuflado en La Sevillana
Desde ahí, bajamos al Alto del León pasando junto a los restos de un refugio blindado, cruzamos la carretera y seguimos un trecho por la pista que lleva a Peguerinos. Llegamos hasta tener a la vista la Loma del Requeté con su cruz derribada y ahí decidimos volvernos y dejar ese recorrido para otra ocasión, en la que iremos hasta Cabeza Líjar.



Bunker en la cumbre de La Sevillana


Volvimos a Tres Cantos cansados y satisfechos, con la sensación de haber disfrutado de una magnífica mañana de sábado pateando monte.

Hasta la próxima.

El mismo sitio de la foto anterior pero con cables y sin magia

Pino seco cerca de la Fuente de Aldara

Leyendo en la Piedra, al fondo La Peñota