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miércoles, 30 de septiembre de 2015

En la isla de Tambo: Muiñeiras en el Polvorín


Casi al fondo de la ría de Pontevedra, a medio camino entre los municipios de Poio y Marín, emerge una pequeña isla, cubierta de espesa vegetación y con una forma que recuerda un poco a una ballena varada, se trata de la isla de Tambo, que se divisa prácticamente desde cualquier parte de la ría y sin embargo muy poca gente puede presumir de haber pisado, no en vano desde 1943 es zona militar y, por tanto con acceso restringido. Desde hace unos años, el Ministerio de Defensa ha querido deshacerse de este lugar y entregarlo a la administración civil: Xunta de Galicia, Concello de Poio y Diputación Provincial; sin embargo parece que las cosas no son tan fáciles porque el asunto lleva enquistado desde hace más de diez años y parece que lo que hace falta es voluntad de llegar a un acuerdo entre las partes para llegar a una gestión efectiva de un lugar que encierra historia y potencial turístico a raudales.

Períodicamente se organizan visitas a la isla, previa conformidad de la autoridad militar, que sigue ostentando, aunque a regañadientes, la gestión de la isla. Este año hubo una el pasado 9 de agosto y decidimos acercarnos a ver ese lugar prácticamente desconocido aunque está ahí al lado.

Repasemos un poco la historia de Tambo; su nombre posiblemente viene del latín Tumulus o del griego Tumbos, posiblemente debido a su forma cónica, que recuerda a una tumba. La primera noticia que se tiene en la Edad Media es la fundación monacal del siglo VI, llevada a cabo por San Martin Dumiense, una ermita que sería transformada en monasterio por San Fructuoso en el siglo VII, vinculado al convento benedictino de San Xoán de Poio. Fue aquí donde, según parece el santo realizó el milagro por el que fue canonizado; pasaba temporadas en la isla acompañado por algún discípulo, llegando a descubrir los manantiales, uno de los cuales brota aún en la zona Norte. Según cuentan, la barca que tenían se les alejaba de la orilla y Fructuoso dijo a su discípulo que iba a buscarla; el discípulo le vió ir a recogerla caminando sobre las aguas y así lo proclamó a todo el mundo, lo que hizo que andando el tiempo Fructuoso fuera proclamado santo... claro que quien conozca las mareas en el fondo de la ría sabe que en la bajamar, apenas hay agua entre la isla y Campelo, por lo que es muy posible que, a cierta distancia, pueda darse la impresión de caminar sobre las aguas.



En el Siglo VIII fue retenido como prisionero en este lugar hasta que fue rehabilitado, el obispo Don Opas, embajador de los sarracenos ante Don Pelayo. De una época un poco posterior es otra leyenda piadosa que tiene por protagonista a Santa Trahamunda, patrona de la morriña; esta mujer era novicia en el monasterio de la isla cuando fue secuestrada por los musulmanes durante una incursión y llevada a Córdoba donde fue obligada a entrar en el harén del califa; sin embargo, como se negó a entregar su viginidad, fue encerrada en una mazmorra del palacio; al parecer un 23 de junio once años después, Trahamunda pidió a Dios estar al día siguiente en Poio para la fiesta del patrón; aquella noche se apareció un ángel que le entregó una rama de palma, al cogerla, Trahamunda se esfumó de la celda y apareció, unos dicen que en Poio, otros que en Tambo, el caso es que en el convento se plantó la palma que traía y que vivió hasta 1578. Como podemos ver, la teletransportación no es de Star Trek sino de muchos siglos antes.

El convento de Tambo más tarde se convierte en priorato bajo la advocación de Sta. María de Gracia. Su imagen fue donada por los vecinos de Campelo que celebran una misa en esta capilla el día de San Miguel (25 de Septiembre) y una fiesta en el merendero de los militares, que se encuentra frente a la playa. La capilla fue destruida por el pirata Francis Drake en 1589, que arrasó con el asentamiento benedictino de la isla. La imagen fue arrojada al mar y recogida por los pescadores de Combarro que la escondieron entre sus redes y más tarde construyeron un santuario en el lugar de A Renda, donde todavía hoy se le rinde culto. En el siglo XVIII la capilla fue reconstruida, y dedicada a San Miguel. En la actualidad la asociación de vecincuentra abandonada y en ruinas, sin cubierta y sólo con la espadaña que nos indica su función.

Un poco más allá, está el lazareto, una enorme edificación, también sin cubierta, un mero cascarón ya, al que la exuberante vegetación está a punto de engullir. Los lazaretos eran instalaciones sanitarias donde se aislaban a los marinos y pasajeros que llegaban enfermos a destino. Allí guardaban cuarentena hasta  que se consideraba que había pasado el peligro de contagio y se les autorizaba a desembarcar en el continente. Este lazareto tuvo una vida efímera, ya que las protestas de los habitantes de Pontevedra forzaron su cierre en 1879,lo que, de alguna manera, provocó la decadencia delpuerto de Marín, ya que los grandes tráficos se desviaron a San Simón, cuyo lazareto siguió funcionando sin problemas.

La isla fue propiedad de la orden de los benedictinos hasta la Desamortización de Mendizabal, pasando entonces, cuentan que con no muy buenas artes a propiedad de Eugenio Montero Ríos; en los años 40 del pasado siglo, sus descendientes la vendieron al Estado, que se la cedió a la Escuela Naval de Marín, fundada en 1943. La Armada gestionó esta isla hasta que, a principios de este siglo fue cedida al Concello de Poio, aunque sigue gestionada por la Armada en tanto en cuanto se resuelve quién la gestiona y la mantiene.

Esta es, a grandes rasgos, la historia de este cachito de tierra desgajado del continente y anclado en medio de la ría de Pontevedra al que nos dirigimos ese domingo por la mañana, desembarcando en el pequeño muelle de la isla, en no muy buen estado pero válido aún. Nos dirigimos hacia la Praia Area da Illa, dejamos cerca del merendero militar nuestra comida y nos dirigimos a recorrer la isla; pasamos en primer lugar por antiguo puesto de guardia, donde había un retén permanente de ocho soldados; un poco más adelante se encuentran las ruinas de la capilla de la que hemos hablado antes y desde donde arrancó una pequeña visita guiada que nos explicó algunos de los hechos que os hemos relatado antes. A continuación pasamos por el lazareto y pudimos contemplar cómo poco a poco, la naturaleza recupera lo que es suyo y cómo, a pesar de todo, aquellos restos mueren con dignidad; allí una joven nos obsequió con un fragmento al violín de "Negra Sombra", el himno de la saudade, que a cualquier gallego le llena los ojos de lágrimas.

Saliendo del lazareto, en una zona llana aunque, densamente arbolada, como toda la isla, aparece el antiguo polvorín, en el que se proyectaba una película de un artista local; a la izquierda del polvorín se encuentra el único manatial que sobrevive de los cuatro que existían en la isla. Mientras la isla fue zona militar, la Armada decidió repoblar densamente la isla para evitar la observación aérea, por eso hoy día Tambo tiene un cierto aspecto selvático; sin embargo, la repoblación se hizo con eucaliptos por su rápido crecimiento y el eucalipto deseca cualquier manatial y, no sólo eso, el terreno queda baldío, inútil para las labores agrícolas, de ahí que hoy día sólo quede un único manatial que se cuida para evitar que desaparezca también.


Desde ahí nos dirigimos hacia el faro; sí, esta isla tiene embarcadero, playa y faro, que se encuentra en un islote al sur de la isla, dicho islote, al que se puede acceder a pie cuando la marea está baja, cuenta también con un pequeño embarcadero para servicio del faro, que parece una versión en miniatura de la Torre de Hércules; allí entre las rocas, chapoteamos un rato e hicimos unas cuantas fotos antes de volver al chiringuito de la playa para comer.

La comida y sobremesa posterior (en nuestro caso, sobresuelo) estuvo amenizada por un par de grupos de música gallega, uno de los cuales, el de la Escola de Música de Poio, tenía en el tambor a un virtuoso que hacía molinetes con el mazo haciendo gala de gran habilidad. Desde ahí, tras una breve siestecilla, volvimos al polvorín donde se iba a celebrar un concierto de música de la tierra; resultaba curioso escuchar las muiñeiras y la zanfona en la entrada del polvorin como improvisado escenario mientras en un claro un par de mujeres, de la tierra también, bailaban hasta que llegó el momento de entonar el himno de Galicia.
 


La tarde avanzaba y se acercaba el momento de volver a tomar el barco de vuelta a Combarro, pero antes tuvimos un buen rato para tomar el sol, hasta que la misma sombra de la isla cayó sobre la playa, momento en el que cogimos nuestras cosas y nos dirigimos hacia el embarcadero para regresar "al continente" como se dice por allí. 
La luz dorada del atardecer inundaba la ría mientras nos despedíamos de Tambo, espero no tardar otros cuarenta años en volver a visitarla








lunes, 27 de julio de 2015

Desde Punta Candieira al Monte de San Pedro

Salimos temprano desde Poio para hacer una larga excursión a la provincia de La Coruña, el objetivo, esta vez, era el Faro de Punta Candieira, Cedeira y acabar en el Monte de San Pedro en la ciudad de La Coruña. 

Seguimos la Autopista del Atlántico hasta Ferrol, donde tomamos la salida de la AC-566, que nos llevará hasta Cedeira, que se encuentra a 34,5 km de Ferrol, en el fondo de la ría del mismo nombre; se tarda unos 40 minutos en llegar hasta allí, ya que estamos en una carretera sembrada de rotondas. Una vez en Cedeira, cruzamos el puente y tomamos la carretera que sale hacia la derecha y que sube serpenteante hasta lo alto del monte Purrido, desde donde se descuelga empinada y retorcida hasta la entrada del faro de Punta Candiera; aujnque yo bajé con el coche, recomiendo no hacerlo y dejarlo en una explanada que hay un poco más arriba para hacer el resto del camino a pie, aparte de que es mucho más gratificante (lo hice luego), girar el coche, sobre todo si tiene dimensiones generosas, es una empresa bastante difícil y un poco estresante con un precipicio a uno de los lados.

Estamos en una de las zonas más agrestes del litoral gallego; el viento azotaba de forma continua y las nubes envolvían las montañas que se precipitan hacia el mar en el lugar donde arrancan los acantilados más altos de Europa y que se ven coronados por la garita de Herbeira en la Sierra de A Capelada, cerca de Cariño. Los garañones, caballos salvajes autóctonos, pastaban a sus anchas por el lugar al tiempo que iban formando grupos, seguramente para darse calor.

El faro se encontraba habitado opr los técnicos de señales y un simpático perro que se puso contentísimo cuando se encontró con caras nuevas por allí. Tras unas cuantas fotos, disfrutar de la vista y sufrir el azote del viento, deshicimos el camino para volver a la explanada que mencionamos anteriormente, donde pudimos comer y disfrutar de las vistas desde un ruinoso mirador; lo que no pudimos fue sentarnos porque, los caballos habían dejado bastantes "recuerdos" de su presencia por aquel lugar.

Decidimos regresar a Cedeira, donde aprovechamos para recorrer su magnífica y recogida playa y tomar un café en el bar "Peirao", un lugar peculiar, lo recomendamos, el local está lleno de objetos que los parroquianos han ido llevando y dejando allí, lo que le da un aspecto diferente y acogedor; la persona que nos atendió fue muy amable y mantuvimos una agradable conversación, y eso que yo soy muy poco conversador, en fin pasamos un rato agradable y nos costó dejarlo para hcer unas fotos de Cedeira, sobre todo de sus galerías acristaladas que recuerdan, en pequeña escala, las de la dársena de La Marina de La Coruña.







Salimos de Cedeira con rumbo a nuestra siguiente parada, Punta Frouxeira, a 25,5 km de distancia, primero por la misma carretera que nos había traído, la AC566 y luego en Valdoviño coger la AC116, que seguiremos hasta encontrarnos con el desvío que anuncia el Faro de Punta Frouxeira. Llegamos a nuestro destino al cabo de una media hora aproximadamente y dejamos el coche junto al faro, un edificio de unos 20 años de antigüedad, uno de los más modernos de Galicia y desde la que se contempla una vista espectacular de la playa de Valdoviño, una de las mayores del litoral gallego. Por estos lugares se rodaron parte de las escenas de la película de Roman Polansky "La Muerte y la Doncella" protagonizada por Sigourney Weaver y Ben Kingsley.

A la izquierda del faro destaca la presencia de un bunker de observación, disimulado con piedras para no hacer tan ostensible su presencia. A la derecha se encuentra la entrada al recinto subterráneo del que el bunker forma parte. En este recinto se custodiaba un reflector con el que se pretendía identificar de noche posibles aviones intrusos, que deberían ser abatidos con las baterías situadas a unos 3 kilómetros de allí, en Campelo, y que hoy se encuentran completamente abandonadas y olvidadas, salvo por unos pocos turistas y los vándalos habituales. La instalación sigue imponiendo por las dimensiones, se trata de un túnel con forma de Y, de unos cinco metros de altura que acaba en dos plataformas en balcón desde las que operaba el reflector y desde las que hoy día se pueden disfrutar una estupendas vistas de la costa  y de la inmensidad del mar.

Tras un rato de recorrido, cogimos de nuevo el coche para dirigirnos a La Coruña, donde daríamos por terminada la excursión. Así que tomamos la AC116, que nos lleva hasta Ferrol, desde donde tomamos la Autopista del Atlántico que nos permitirá salvar los 54 kilómetros que nos separan de la ciudad en muy poco tiempo.

Llegados a La Coruña, fuimos hacia el Monte de San Pedro, antigua posición fortificada, donde se emplazan las descomunales baterías de 35cm que, en combinación con las hoy desapareceidas en Cabo Prior, guardaban el acceso a La Coruña y Ferrol. El acceso se puede hacer en coche, a pie o en el curioso ascensor panorámico que recorre la falda del monte. Una vez arriba nos encontramos ante un cuidado parque, desde el que se disfruta de una vista increíble de la ciudad, de la afamada playa de Riazor y de la Torre de Hércules claro. Amplias praderas de cesped, lugares de recreo para los niños, un laberinto y otras instalaciones componen el parque junto con los emplazamientos de las instalaciones militares y, dominando la costa, los enormes cañones, que, incluso hoy día, obsoletos y fuera de servicio, imponen con su sola presencia e impresiona imaginarlos escupiendo fuego a un posible enemigo que, gracias a su tremendo alcance, podía ser destruido más allá del horizonte. Cerca de estos terribles mensajeros de la muerte, un viejo conocido de los aficionados a los temas militares, un venerable 88, fabricado en Trubia, sestea al solecillo de la tarde.
Se hacía tarde y era la hora de merendar, así que nos dirigimos al centro de la ciudad y nos tomamos un chocolate, con muchos churros en la chocolatería Bonilla a la Vista de la Calle Galeras, un chocolate espectacular y unos churros de película, que podemos ver cómo hacen y que salen en pequeñas cantidades de la churrería para poder siempre tenerlos recientes. Si vais por La Coruña, no dejeis de hacerle una visita porque no os arrepentiréis.


y con esto finalizó nuestra excursión por la costa de La Coruña; caía la tarde cuando salíamos rumbo a Poio, nuestra base de operaciones turísticas.

sábado, 22 de marzo de 2014

Nuevo Baztán. El sueño de la Ilustración


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En el sureste de Madrid se encuentra un pueblo que es una reliquia de un experimento de la Ilustración, otro experimento más de los varios que jalonaron el S XVIII y que, acabó fracasando como otros muchos, si bien ha llegado hasta nuestros días como un ejemplo de aquel titánico esfuerzo de los gobernantes ilustrados por impedir que nuestro país quedara retrasado con respecto a los otros países europeos; se trata de Nuevo Baztán, producto del empeño del navarro Juan de Goyeneche en colaboración con José Benito de Churriguera, destacadísimo arquitecto y escultor del barroco.
Vista del Palacio e iglesia de Nuevo Baztán

Corrían los primeros años del S XVIII y la Guerra de Sucesión asolaba España; Goyeneche, antiguo colaborador del último rey de la casa de Austria y decidido partidario de la causa del Duque de Anjou como pretendiente al trono español vacante, puso primero sus recursos económicos al servicio de la causa que defendía y luego decidió ser él el motor que hiciera aplicar las teorías económicas que, puestas en práctica años antes por Colbert en Francia, habían significado el despegue económico de esta nación y su posterior hegemonía política. De ahí surgió la idea de crear un pueblo industrial que fuera el modelo para otros que se fueran poniendo en marcha y que fueran dando a España la independencia comercial e industrial de la que carecía en ese momento. Para poner en marcha este proyecto, Goyeneche contó con la colaboración de José Benito de Churriguera, al que se debe el diseño urbanístico y arquitectónico del conjunto, que se ubicó en terrenos del pueblo entonces conocido como Olmeda de la Cebolla y hoy como Olmeda de las Fuentes.
Curioso nombre que ostenta la Plaza del Mercado
Vista de la Plaza del Mercado con la Fábrica de Paños al fondo


Se decidió hacer un conjunto mixto donde se contara con una zona agrícola y ganadera y otra industrial, con la zona de mercado y fiestas, el palacio y la iglesia en el centro. Hasta ese momento, las ciudades habían crecido de forma anárquica sin ninguna ordenación y Nuevo Baztán fue uno de los primeros ejemplos de urbanismo racional y planificado.
Acceso a la Plaza de Fiestas
Vista de la Plaza de Fiestas
                               

Acceso a la Plaza de Fiestas junto al Centro de Interpretación

En poco tiempo se creó una fábrica de paños que permitiría la fabricación de los mismos y podría suponer el final de la dependencia de las importaciones. Le siguió la fábrica de vidrio, que llegó a contar con una serie de especialistas de primera línea y que llegó a ser de las principales de Europa, sería irónicamente su gran calidad la que provocaría en parte su final; el resto de los fabricantes europeos, vieron peligrar sus ventas debido a la gran calidad de los vidrios de Nuevo Baztán y decidieron bajar sus precios, por lo que Goyeneche se vio obligado a almacenar toda la producción a la espera de mejores circunstancias; unido a esto hubo que trasladar la fábrica a Villanueva de Alcorcón porque se había agotado la leña de Nuevo Baztán; sin embargo en la nueva localización, los artesanos no pudieron conseguir la calidad que se había conseguido anteriormente y la fábrica hubo de cerrar. Aquello fue el principio del fin para aquel sueño; las fábricas fueron cerrando en poco tiempo, la coyuntura económica del país tampoco ayudaba a ello y Nuevo Baztán fue quedando abandonado y olvidado poco a poco hasta que en el SXX no era más que un conjunto de casas ruinosas, en las que sobresalía el palacio, habitado por un okupa de altos vuelos que se instaló allí y lo habitó durante décadas hasta qu las deudas contraídas obligaron a desalojarle quedándose el Banco Español de Crédito con el edificio y cediéndolo a la Comunidad de Madrid, que acometió la rehabilitación de algunos de los lugares más destacados del pueblo: el palacio, la plaza de fiestas, la bodega, donde un pequeño museo y un centro de interpretación nos ilustra la historia de Nuevo Baztán de la mano de sus amables empleadas.
Iglesia de San Francisco Javier en Nuevo Baztán
Vista de la cúpula de la iglesia
                                   
Retablo y altar mayor

Tuve la suerte de visitar Nuevo Baztán un día que la visita era algo más extensa de lo habitual, ya que  se iba a enseñar la iglesia y hacer un recorrido por el pueblo, cosa que, al parecer no siempre se hace; al menos la parte de la iglesia. El caso es que es algo muy recomendable porque la visita incluye la cripta, que resulta curiosa e interesante.

Aquí os dejo unas fotos del recorrido tanto por el pueblo como por la iglesia y su cripta. Y de nuevo, no dejéis de visitar esta pequeño trozo de historia, cualquier época del año es buena pero en verano en su Plaza de Fiestas suelen poner cine al aire libre y el segundo domingo de marzo celebran también la Javierada, así que hay dos buenas excusas para acercarse por allí.
Vista genetral de la cripta
Cripta. Detalle





Rincón de la cripta
                                                     
Fábrica de paños, a la espera de mejores tiempos


Plaza de la Cebada, en la zona agrícola

Goyeneche contemplando su obra

Iglesia y palacio de Nuevo Baztán



miércoles, 1 de enero de 2014

La Tejera Negra. En busca de las imágenes de otoño


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Parque Eólico
Excursión pleno otoño hasta el hayedo de la Tejera Negra para intentar captar los colores de esta estación. ya veremos que nos encontramos así que salimos por la N-I camino de nuestro destino. Pasado Somosierra, llegamos al desvío 103, en el que cogemos la N-110 con dirección a Cerezo de Arriba, que pasaremos de largo así como Riaza donde tomaremos la SG-V-1111, que nos lleva hasta Santibáñez de Ayllón, donde cogemos la C114 hacia la derecha y la seguimos hasta que se transforme en la CM110 y coronemos un portacho ocupado por un parque eólico, tras lo cual seguimos por la misma carretera hasta encontrarnos a nuestra derecha el desvío a la GU-146, que nos lleva hasta otro desvío a la derecha que nos lleva hasta Cantalojas, que atravesaremos hasta llegar al acceso al parque y será donde habrá de quedarse el coche si no tenemos reserva, que no es el caso así que podemos llegar hasta el aparcamiento del hayedo, donde se iniciará nuestra excursión.

El aparcamiento se ubica en una pequeña explanada junto al rio Lillas que seguiremos en nuestro recorrido, bastante concurrido por otro lado; había numerosos grupos,algunos muy animados y otros muy bulliciosos; algunos muy preparados para la caminata, nada difícil, y otros bastante curiosos, con alguna mujer con abrigo de piel y zapatos de tacón acompañada del correspondiente señor con corbata.

Desde el principio ya nos dimos cuenta de dos cosas, la primera era que hacía bastante viento y habría que caminar buscando los sitios más abrigados que fuera posible; la segunda ya era más grave, dada la distancia que habíamos recorrido: las hayas ya no tenían hojas... vaya.

Carbonera
Existen dos rutas circulares: la Senda de Carretas y la Senda del Robledal, nosotros cogimos la primera, para la que se necesita reserva durante el otoño. Hay otras rutas pero ninguna precisa la mencionada reserva.

Durante el trayecto, ascendente hasta el punto central del recorrido, vamos viendo primero algunas actuaciones humanas que han tenido lugar a lo largo del tiempo en el recinto del hayedo, así vemos algunas colmenas y, más adelante, una explotación de carbón vegetal con una explicación de cómo se realizaba la tarea.

El camino es sencillo, salpicado de puentecillos sobre riachuelos pero, debido a las recientes lluvias y el frío intenso, unido al hecho de que la vegetación es ciertamente espesa hasta el punto de hacer difícil el paso del sol, las ramas de las plantas más cercanas a los arroyos se encuentran heladas, también hay zonas en las que el camino se encuentra helado y hay que caminar con bastante cuidado. Las hojas de roble y de haya se mezclan en el suelo y se amontonan en algunos puntos en conjuntos de distintas tonalidades del ocre; aquí y allá algún tejo se deja ver entre los troncos desnudos.


El valle se cierra en una subida ya un poco más trabajosa, sobre todo por el hecho de que en tramos está helada pero el sol ha salido y nos anima a seguir subiendo hasta que llegamos a nuestro premio, la pradera de Matarredonda, donde se nos presenta una espectacular panorámica de la sierra; se encuentra parcialmente nevada y el viento azota sin parar, lo que no quita para que pasemos un buen rato haciendo fotos y paseando porque el sitio merece la pena: enormes montañas cierran el paso a un lado y, mirando hacia el sur, el valle se va abriendo poco a poco hasta la lejana llanura que se adivina al fondo dando la ilusión de que es un océano.
Desde Matarredonda

Pero hay que seguir adelante, hemos llegado hasta el ecuador de nuestro recorrido y nos ponemos en marcha de retorno hacia el aparcamiento siguiendo la ruta marcada para completar el círculo. Hay que ir con cuidado porque el camino descendente está mucho más helado que el ascendente, ya que está orientado al Norte y, por tanto en la zona umbría.
Desde Matarredonda

Poco a poco vamos perdiendo altitud y la nieve y el hielo van dando paso al suelo esponjado de las praderas de montaña. hacemos un alto en unas rocas para tomar un colacao que nos reconforte de los fríos pasados antes de afrontar el último tercio de nuestra excursión. Seguimos poco después en un descenso que no tendrá fin hasta que lleguemos al aparcamiento; como curiosidad diremos que la bajada es bastante más pronunciada que la subida, es más, al llegar abajo, nos preguntamos cómo puede haber sido posible que hayamos subido tanto como hemos bajado,sin apenas enterarnos más que en el tramo final de la subida.


Llegamos por fin al punto de partida, donde comemos y rematamos el termo de colacao antes de salir del parque rumbo a Cantalojas y de ahí a Galve de Sorbe a ver su castillo.

Tras una parada intermedia para fotografiar un puentecillo, llegamos a Galve de Sorbe, dominado por su castillo. Este lugar, en origen puesto fronterizo árabe, fue dominio del Infante Don Juan Manuel, el autor de El Conde Lucanor, y aquí hubo una fortaleza que el infante tuvo que demoler como prueba de lealtad a su rey, Alfonso VIII, con el que mantuvo varios conflictos. El castillo que hoy día domina la población fue mandado construir por Diego López de Estúñiga; siglos después pasó a depender de la casa de Alba que lo cedió al Estado, quien lo subastó siendo hoy día propiedad particular y encontrándose en un estado bastante lamentable.
Castillo de Galve de Sorbe


Tras esta visita, emprendemos el camino de regreso, deshaciendo el camino hecho esa mañana y parando de nuevo en el parque eólico para ver cómo el sol frío de otoño se oculta tras las montañas.